PHAENOMĔNON

 

I

 

Como en el ya célebre relato El Jardín de los senderos que se bifurcan de Borges, el lector saldrá ―si sale― o saldría de esta aventura literaria sospechando que la realidad es múltiple y simultánea; que a su manifestación plausible le corresponde una dimensión ficcional; que ficción y realidad participan de una sinonimia sólo distinguible en su artificio; que, tratándose precisamente de literatura, el universo existe, como afirmaba Valerý, en el espacio irreductible de esa página en blanco que equivale a la experiencia alucinada de escribir, ¿o no, Monsieur Teste?

Y no es suficiente deducir, como el protagonista de esa historia borgiana, que el propósito que subyace en cada acontecimiento no enmascara causa o fin preciso; antes bien, se abre a cierta azarosa combinación de elementos en juego, a la gradación infinita de su posibilidad. Así, cada instante supone una alternativa, y esa alternativa es, al mismo tiempo ―y fuera de ese tiempo―, una posibilidad más condenada a repetirse para afirmar en acto su propia diferencia. Después de todo «El jardín de los senderos que se bifurcan es la novela caótica que sugiere la bifurcación en el tiempo, no en el espacio.»

 

II

 

La paradójica realidad que nos ampara, su ficción apremiante es, sin lugar a dudas, paradigma del propio devenir; al menos desde la óptica relativista de Einstein y el desarrollo de la física posterior a su descubrimiento: «Knock knock knock, Penny», aun a pesar de la sobredeterminación obsesiva de Sheldon. Una partícula cuántica no posee solo un valor de una cantidad física, sino todos los valores al mismo tiempo, algo que se llama superposición; dos partículas cuánticas pueden permanecer ligadas o “entrelazadas” a distancias ilimitadas y sin ninguna conexión física de por medio; y se pueden teletransportar a través del espacio vacío. Algo que el protagonista de El increíble hombre menguante ―gran libro y  gran película― sólo descubre al final de su peripecia vital: «Alzó los ojos hacia el cielo, pero no había cielo: sólo una gran extensión azul, como si el cielo se hubiera roto, extendido, comprimido y llenado de gigantescos agujeros, a través de los cuales penetraba la luz. Estaba sentado encima de las hojas. Meneó la cabeza con estupefacción. ¿Cómo podía ser menos que nada? De repente, se le ocurrió una idea. La noche anterior había alzado la mirada hacia el universo exterior. Así pues, debía haber también un universo interior. Quizá varios. Volvió a levantarse. ¿Cómo era posible que nunca se le hubiese ocurrido pensar en ello, en los mundos microscópicos y submicroscópicos? Siempre había sabido que existían.»

 

III

 

Con todo, la existencia ―sea desde la perspectiva cuántica o newtoniana― resulta problemática. «To die, to sleep,/ To sleep, perchance to dream» como muy bien nos recuerda el melancólico príncipe de Elsinore. El sueño de la muerte, sí; tal es la condición “problemática” de la vigilia, de la vigilancia insomne de la vida, de nuestro camino hacia la eternidad. ¿O es todo un sueño y despertamos? Y eso es lo que precisamente le sucede al Ovidio del El efecto mariposa, uno de los cuentos cuánticos del libro, cuando al despertar convertido en insecto ―ciertamente por virtud embriagadora de una lepidóptera africana― figura, sin saberlo, la imagen transformada de este mundo. Y advertimos que esta metamorfosis, por algunos denominada Die Verwandlung y Die Metamorphosen por otros, no es sino el ejercicio literario de una exégesis cuyo origen primero nadie recuerda. Que Kafka no era, como ciertos comentarios sugieren, sólo Gregorio Samsa o Severin Kusinski, sino el Sogni di sogni de Tabucchi; y que éste, a su vez, atraviesa la literatura de Borges vuelto sucesión y espacio en aquel intento de refutar el tiempo que todavía hoy le compromete, pues es sabido que las Vidas imaginarias de Schwob, de la misma manera que Las metamorfosis de Publio Ovidio, anticiparon el personaje de ficción que somos. El sueño de Ovidio es el sueño de una mariposa que una vez había sido Chuang Tzu que soñaba que era una mariposa. Y es, para nuestro asombro, el sueño que la literatura teje confundida con su propia obra. La vida, su espejo, construye una apariencia de realidad. Y esto nos conforma.

 

 

y IV

 

 

Así, la LITERATURA no es más que un intento de formular la experiencia de la identidad, de atravesar el espejo de la realidad y regresar del otro lado.  Y no sabemos ―y además no importa―  si ambos autores ―Alicia y Josechu― están de este lado o de aquél; ni siquiera sin son ellos o todos nosotros. Si Carroll, al escribir Through the Looking-Glass, and What Alice Found There, contemplaba ya el Espejismo II. O si el Quimérico inquilino de Torpor es el causante de En la habitación de al lado. Todos y cada uno de estos cuánticos cuentos: Esto es lo que pasó, Ay, love Craft I/II, Narciso inverso, Una noche magnífica, Enloqueció leyendo las aventuras Don Quijote, etc. participan de esa suerte de correspondencia que hace de la literatura objeto de ella misma; es decir, metaficción. Los autores son sus personajes y viceversa. Nosotros y ellos. Who goes there?